SEGURIDAD ALIMENTARIA

22/01/2020

Que no te engañen con los productos naturales

La industria alimentaria utiliza todo tipo de triquiñuelas en sus etiquetas para vendernos productos que están lejos de ser lo que parecen…

El auge de la quimiofobia y el ansia de los consumidores por encontrar alimentos sin aditivos perjudiciales para la salud ha llevado a las marcas a etiquetar productos como «naturales» que realmente no lo son. De esta forma, consiguen cambiar la percepción que podemos tener de un caldo de verduras o un zumo, por ejemplo. ¿Cómo es posible?

Existen numerosos reclamos como el ya conocido «sabor natural» que encontramos en los envases de algunos de los productos que encontramos. Pero, ¿qué significa realmente «sabor natural»? La mayoría de los consumidores no saben a qué se refiere dicho mensaje, pero son muchos los que lo añaden al carrito de la compra.

La multinacional Ipsos, que realiza estudios de mercado globales, llevó a cabo un estudio en más de 28 países diferentes para averiguar qué es lo que entienden los consumidores como «sabor natural». La variedad de respuestas fue algo muy patente en la encuesta que lleva a pensar que «sabor natural» no significa realmente «nada».

Muchos de los participantes del estudio respondieron que se trataba de productos elaborados sin «ingredientes artificiales». Otros que eran productos 100% procedentes de la naturaleza y, la gran mayoría, que eran alimentos saludables. Es esa última respuesta la que nos lleva a pensar que la industria se aprovecha de este concepto del que hoy hablamos para dar la sensación a los consumidores de algo que realmente no es cierto.

Se trata entonces de una estrategia que aumenta la aceptación y la confianza de la sociedad en ciertos alimentos ya que, durante las últimas décadas, la percepción de que un producto puede beneficiar la salud es, sin lugar a dudas, un gran motor de compra. Aunque parezca mentira, etiquetar productos como «naturales» no está prohibido expresamente y no existe en la Unión Europea una legislación específica acerca de este término.

Esta etiqueta de «sabor natural» encaja en muchos de los productos que encontramos actualmente en los supermercados: zumos, café, embutido, conservas, zumos, lácteos, etc. A menudo se envasan y etiquetan de tal forma que nos hacen imaginar que se han elaborado con las manos de maestros de cocina, con especial mimo, en un horno de leña o en casa de alguna anciana entrañable. La realidad es que, en la mayoría de los casos, se trata de productos fabricados de forma industrial.

Lo natural también contiene química

Lo natural no indica estar libre de química. Un ejemplo claro lo vemos a través de los lácteos. Al principio se usaban ingredientes orgánicos como trozos de fruta con la intención de proporcionarles aromas. Sin embargo, su adición generaba problemas desde el punto de vista microbiológico y la industria tuvo que sustituirlos por otros ingredientes elaborados de forma sintética y que cumplen con todas las garantías de seguridad alimentaria. De hecho, los aromas se obtienen frecuentemente a partir del producto original que se quiere imitar o de otras fuentes más baratas pero con la misma composición química.

Un ejemplo es la vainillina, un compuesto que se obtenía de la corteza de la vainilla y hoy en día se produce de forma sintética. La única diferencia es la fuente pero el aroma de la vainilla original ni es más seguro ni es de mejor calidad que el aroma sintetizado. Muchos de los alimentos que consumimos son el resultado de una reacción química que fabrica sabores característicos. El vino, el yogur, el pan, o el mismo jamón son varios ejemplos. Muchos estarán de acuerdo en que el jamón tiene un sabor natural, pero ese sabor es consecuencia de las reacciones químicas que producen los microorganismos que, mediante enzimas, actúan sobre las proteínas y generan el aroma y el sabor típico de este alimento.

Lo natural no es siempre más seguro

En definitiva, atraídos irracionalmente por el término «sabor natural», los fabricantes juegan con nuestras emociones y aprovechan para darnos gato por liebre.

El coger una comida tal cual llega del campo, del mar o de la granja no tiene por qué ser lo óptimo. Por ejemplo, la leche cruda tiene un riesgo higiénico-sanitario importante. Y, por este motivo, se tiene que pasteurizar. Por otro lado, algunos alimentos, intentan defender el concepto «sabor natural» eliminando aditivos y sustituyéndolos por otros, lo que en ocasiones genera riesgos para la salud. Por ejemplo, hemos llegado al límite de los productos «sin» cuando podemos encontrar a la venta la sal «sin sal». Para ello, se sustituye el cloruro de sodio por el de potasio, que no es mejor, sino más bien peor.

Desde Nerthus queremos poner énfasis en que todos los alimentos que encontramos en un supermercado son completamente seguros para nuestra salud y lo que debe preocuparnos no es si su origen es o no natural. Nuestra salud depende exclusivamente de la combinación que hagamos de ellos para conformar nuestra dieta.