AGRICULTURA SOSTENIBLE

23/04/2020

La gestión responsable del agua en la agricultura

El agua es un recurso limitado al que todos tenemos derecho. Puede haber agua para todo y para todos: pero sólo si la sabemos gestionar de forma apropiada.

El uso de agua sin restricciones ha crecido a nivel global a un ritmo vertiginoso: dos veces más deprisa que el aumento de la población en el siglo XX.
Según los cálculos de FAO, si nuestra gestión del agua sigue siendo la misma que en 2019, habrá graves crisis de escasez de agua en muchos lugares del mundo.

El agua es un recurso básico para la vida ya que no solo es esencial para beber y para la higiene, sino que es una de las principales palancas para el crecimiento de la productividad y la competitividad del sector agrícola.

Sin agua, no hay agricultura

A través de las diferentes tecnologías de regadío, el agua ha sido, junto con la revolución mecánica y química, uno de los pilares sobre los que descansa el gran incremento en la producción agrícola de las últimas décadas. El potencial productivo que supone la superficie regada en España tiene como consecuencia el uso del 68% del volumen total. Como contrapartida, somos un país con territorios donde el agua es muy escasa.

A diferencia del aire y de la energía del sol que son producidos, el agua es un recurso finito que se renueva constantemente. Finito e insustituible. En definitiva, se trata de un recurso escaso inmerso en la competencia con usuarios de otros sectores.

Seguir haciendo lo de siempre no es una opción viable

Para poder garantizar la seguridad alimentaria del planeta es necesario hacer cambios reales en la forma en la que se regula y usa el agua en la agricultura, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad que utilizamos. Su gestión exige creatividad, innovación, inversión, tecnología y la existencia de unos mercados eficientes.

No hay espacio para el populismo ni las abstracciones utópicas. Seamos realistas. La gestión no solo depende de los políticos, depende de nosotros mismos, depende de cada una de nuestras acciones, por lo que debemos ser los primeros en empezar a tomar medidas.

Uso eficiente del agua

Existen prácticas sencillas y de sentido común que podemos hacer todos como regar en horas de menos calor o evitar regar en días de fuerte viento para evitar la evaporación.

Pero las acciones más importantes recaen en la adaptación de nuestras explotaciones para hacer del riego una actividad más eficiente. Tres son los objetivos principales: minimizar el uso del agua, evitar prácticas que ocasionan el desperdicio y detener la contaminación.

Estos cambios requieren hacer mejoras en los sistemas de irrigación, escoger el cultivo adecuado al tipo de suelo y ambiente e implementar las mejores prácticas para evitar la contaminación de puntos de agua adyacentes.

Los riegos deben ser calculados y realizados meticulosamente. Las necesidades hídricas de cada especie son diferentes, así como las estaciones del año y la climatología. Los métodos de riego son variados y cada uno es útil en unas circunstancias determinadas.

Todos tienen sus ventajas e inconvenientes, pero el riego localizado es el más eficiente ya que permite aplicar la cantidad de agua necesaria para cada planta y minimiza la evaporación.

El Sistema de Información Agroclimática para el Regadío (SIAR) ofrece información sobre las demandas hídricas de los diferentes cultivos. Esta información debería complementarse con un sistema de riego eficiente que permita medir y optimizar el consumo de agua. Por citar algunos ejemplos, poder ajustar el riego a la climatología usando sensores de lluvia y el estado de humedad del suelo o regular los difusores, aspersores y goteros para cada zona permitiría programar la carencia e intensidad de los riegos automáticos de una forma adecuada.

Reutilizar y reciclar el agua puede ser muy útil

Existen alternativas como la utilización de depósitos de recuperación de agua. Estos depósitos filtran el agua a través de la atenuación natural en los suelos, de manera que se puede reutilizar en un sistema de riego tipo Pivot. Además, si se da una época de sequía, los pozos pueden complementar el riego.

Es también importante tener control sobre la nivelación del terreno para permitir un buen drenaje. El agua de riego que no puede infiltrarse no es aprovechada por el cultivo, bien porque se escapa de las rices infiltrándose a las capas más profundas, o bien porque se desplaza por la superficie fuera de la parcela. Este último fenómeno se denomina escorrentía, y puede ser preocupante en determinados sistemas de riego por superficie, como el riego en surco. En riego por aspersión pueden darse también problemas de escorrentía si no se dispone de un buen diseño y manejo del sistema de riego mientras que no suele producirse con sistemas de riego localizado.

Evitar la infiltración y la escorrentía no solo permite ahorrar agua, también impide que los insumos utilizados en agricultura como fertilizantes y fitosanitarios se escapen de las parcelas contaminando acuíferos y corrientes de agua.

Por desgracia, últimamente está siendo demasiado habitual escuchar cómo ciertos activistas responsabilizan a los productores agrícolas de la contaminación de un área determinada. A la mayoría de los agricultores les ofende, con razón, que les culpen de los problemas medioambientales.  Y de esa mayoría, son ya muchos los que intentan dar un enfoque diferente a la situación. Ellos no se consideran culpables; se sienten parte de la solución.

Ya son muchos agricultores los que consideran que, desarrollando e implementando las mejores prácticas de gestión, no solo ayudarán a su propio negocio agrícola, sino que también permitirán a otros productores a mejorar sus explotaciones. Se trata de una política que en el argot empresarial se denomina estrategia win/win: si yo gano, todos los demás también ganan. En otras palabras, cuanto mayor sea el número de agricultores que produzcan con menos insumos, más beneficioso será, se incrementará la eficiencia y la huella de carbono se reducirá.

Nerthus apoya a todos los agricultores que hacen todo lo posible por mejorar sus prácticas agrícolas, desde la gestión de nutrientes y fitosanitarios hasta el uso eficiente del agua y la conservación del suelo para evitar la evaporación. Ellos son un ejemplo de buenos administradores de la tierra.